(Articulo original en: Pluma Encendida)
Era la mañana del día cuarenta. El firmamento esta radiantemente despejado y las aves pasan cantando inspiradas en el hermoso azul. Pero este día, al igual que los treinta y nueve anteriores, el dueño indiscutible de la bóveda celeste es el Sol que con sus rayos te hace sentir en calor y al mismo tiempo todo lo pone al descubierto.
Era la mañana del día cuarenta. El firmamento esta radiantemente despejado y las aves pasan cantando inspiradas en el hermoso azul. Pero este día, al igual que los treinta y nueve anteriores, el dueño indiscutible de la bóveda celeste es el Sol que con sus rayos te hace sentir en calor y al mismo tiempo todo lo pone al descubierto.
La brisa en el valle reclama también su parte, acariciándote el rostro y provocando que la hierva baile a un ritmo suave, como dándote la bienvenida a un paisaje que, en otras circunstancias, sería una grave falta no disfrutar.
