(Articulo original en: Pluma Encendida)
– Es definitivo, no me arrepiento de esta decisión. Siempre he vivido esquivando los malos tratos y las locuras de Babilonia, tratando de respetar sus costumbres. Somos extranjeros en esta tierra hostil, pero aún aquí tu mano Señor nos ha abrazado. Hay leyes de ellos que no puedo compartir y esta última es insoportable. Padre, aún si no es tu voluntad salvarnos la vida esta vez, prefiero perderla a tener que entregar mi propósito por adorar esa horrible estatua de Nabucodonosor –piensa el joven Sadrac.
– Es definitivo, no me arrepiento de esta decisión. Siempre he vivido esquivando los malos tratos y las locuras de Babilonia, tratando de respetar sus costumbres. Somos extranjeros en esta tierra hostil, pero aún aquí tu mano Señor nos ha abrazado. Hay leyes de ellos que no puedo compartir y esta última es insoportable. Padre, aún si no es tu voluntad salvarnos la vida esta vez, prefiero perderla a tener que entregar mi propósito por adorar esa horrible estatua de Nabucodonosor –piensa el joven Sadrac.
– Veo a mis amigos y siento que si me toca morir en este día, no podría ser mejor acompañado. Señor te doy gracias por estos incomparables compañeros de batallas que pusiste a mi lado. Estas infames cuerdas que fuertemente nos atan son el resumen de nuestra hermandad, siempre juntos, por una poderosa mano, la tuya Dios nuestro.
– Solo falta Daniel, pero estoy seguro que si estuviera en la provincia, fuéramos cuatro en lugar de tres los sentenciados –dijo con firmeza Sadrac a sus dos amigos Mesac y Abed-nego, quienes asintieron con la cabeza.

